Las madres de nuestras lecturas

El verano no es una de mis estaciones favoritas pero la lectura de esta novela en forma de diario-ejercicio terapéutico me ha abierto nuevos horizontes. Detesto el calor pero el ambiente de un pueblecito francés en los meses más calurosos del año como escenario de esta novela de Tatiana Tibuleac, ha hecho tambalear mi opinión.  Leer esta primera novela de esta escritora moldava me ha encantado.

No es verdad que uno no pueda redimirse, e inconscientemente esto se nos narra en la novela. Dos figuras, madre e hijo, van a vivir otra forma de estar juntos y perdonarse el uno al otro. La acción transcurre prácticamente en el sitio de veraneo, un pueblecito francés acostumbrado a los turistas. Es allí donde de los deshechos de una historia familiar, marcada por la muerte de una hija-hermana, se dulcificarán y permitirán el renacimiento de dos seres marcados por el descontento y la incomprensión.

Las palabras de Aleksy nos evocan a una mujer que empieza a brillar ante sus ojos, que no son verdes, sino azules y esos colores dominan toda la narración.

 

 

Hice un experimento: leía y a continuación paraba en mi lectura y cerraba los ojos. Recreaba las palabras leídas y en mi mente surgían tonalidades: verdes ojos de madres pálidas, verde hierba a lo largo del camino hecho con la bicicleta, verdes caracoles y salchichas verdes enmohecidas.

A continuación venían los azules, los ojos de Aleksy, adolescente atormentado,  el cielo azul de un verano sin fin, el azul brillante de una playa donde la añoranza de otros veranos se nos viene a la cabeza.  Y pienso en todo lo que esos dos personajes nunca se dijeron a lo largo de los años. Consigue su autora extraer la  amargura y licuarla como un aceite esencial. 

Los ojos de mi madre eran mis historias no contadas.

Leo otras reseñas y parece que estamos todos de acuerdo: «un cuento de una belleza terrible» según la revista Qué Leer en una entrevista a la autora:

http://www.que-leer.com/2019/05/02/tatiana-tibuleac/  

Esperando estoy la siguiente novela de esta autora. No sé sí volverá a hablar del perdón, o de las mujeres o de las relaciones materno-filiales, o de cómo olvidamos los colores, pero no las palabras, lo que sí es seguro es que esta lectura no se me va a olvidar.

Ese aspecto tenía mi madre aquella mañana en que cumplió treinta y nueve años.
Yo la habría tirado a la chatarra y habría empezado por
el pelo. Solo una cosa desentonaba en toda esta historia: los
ojos. Mi madre tenía unos ojos verdes tan bonitos que parecía un despropósito malgastarlos en un rostro fermentado
como el suyo.

Feliz tarde. Acabando estoy LA CAMPANA DE CRISTAL, de Sylvia Plath.

Acerca de Josefa Vergara Sánchez

Lectora ávida e incansable, más tranquila en este momento. Rodeada de libros en el trabajo y en la cabeza.
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