Brottman, Mikita: Contra la lectura

Nota de la autora a la edición española

Cuando Contra la lectura se publicó por primera vez en Estados Unidos, hace diez años, nunca se me ocurrió pensar que
hubiera quien se tomara el título de manera literal. Por eso, en
el caso de que penséis que realmente estoy en «contra» de la
lectura, signifique esto lo que signifique, permitidme dejar claro que no es así. Soy profesora de Literatura. Leo cada día, y
lo hago por múltiples razones, tanto profesionales como personales, pero sobre todo por la gran satisfacción que me produce.
En este libro expongo dos argumentos básicos. El primero
de ellos es que la lectura, en sí misma, no es necesariamente una
actividad virtuosa; qué se lee y cómo se lee marcan la diferencia.
El segundo es que leer demasiado es, de hecho, algo posible.
Es una afección poco frecuente, y no es un problema ni mucho
menos tan común como el de no leer nada de nada, la queja
que ya estamos aburridos de oír. Del mismo modo que se aconseja a los corredores de fondo que beban mucha agua y se alerta sobre los casos en los que algún atleta ha podido desmayarse a consecuencia de una deshidratación o un sobrecalentamiento, son muy pocas las ocasiones en las que nos enteramos de que alguien, tras haberse tomado muy en serio este consejo, bebe demasiada agua, empieza a encontrarse mal y a vomitar a causa de una sobrehidratación. Pero pasa.
También quisiera aprovechar esta oportunidad para dejar
claro que Contra la lectura es un libro muy personal, fundamentado en mis propias experiencias. En cierto sentido, es la autobiografía de una lectora tremendamente inusual y particular. El lector debería tener presente que en ningún momento intento mostrarme neutral ni objetiva.
En los últimos diez años ha existido, si acaso, una preocupación aún más explícita por «el descenso de la lectura», un pánico social que se remonta a la invención de la imprenta (que
en un primer momento fue contemplada con gran temor y superstición), y es probable que a mucho antes. En el Antiguo
Egipto, los eruditos debieron lamentar sin duda que los escribas
modernos ya no leían tantos pergaminos como sus antepasados.
Lo cierto es que la gente sigue leyendo, y siempre lo hará.
Leer puede adoptar diversas formas, y éstas pueden diferir de
aquellas con las que nos encontramos más cómodos; el hecho
de que la gente lo haga en el teléfono móvil o en la pantalla del
ordenador más que en hojas de papel no augura la llegada
del apocalipsis. A largo plazo, esto tiene escasa importancia.
Y, es más, quienes se quejan del descenso de la lectura nunca
se incluyen entre los que cada vez leen menos. Siempre son los
«demás» los que han dejado de leer: veinteañeros, nativos digitales, personas sin estudios universitarios, con ingresos bajos o que viven fuera de las ciudades. El «descenso de la lectura» se ha convertido en todo un referente que se emplea para atacar a cualquier grupo social sobre el que se quieran verter quejas. Queridos lectores: la próxima vez que escuchéis a alguien quejarse de que ya nadie lee, preguntaos: ¿qué representa «leer» para esta persona? ¿Qué es lo que de verdad le preocupa?
Mikita Brottman
Nueva Orleans, 2 de octubre de 2017